Rebobinando

La desordenada cinta de un casete antiguo se esparce sobre el asfalto luego de que el viejo walkman se abriera por accidente. Habrá que recogerla, repararla, cerrar la casetera y seguir corriendo (las sirenas lloran ¡cuídate!, no te dejes atrapar) En la carrera vuelven los recuerdos de aquellos buenos conciertos…

IRON MAIDEN

Lauren Harris

Estadio S. D. Aucas

Ecuador, martes 10 de marzo de 2009

El Mayor Concierto de la Historia

Un sol radiante -cosa inusual en el marzo capitalino- iluminaba los días de la semana que acaba de transcurrir en Quito; los últimos atardeceres se tornaron emocionantes por la expectativa que generaba el hecho de poder ver -por primera vez en el país- a ‘la banda del Heavy Metal’: los británicos Iron Maiden, quienes habían anunciado su presencia en esas tierras con dos meses de antelación como parte de la despedida de su Somewhere Back in Time World Tour 08 – 09. Esta extensa gira conmemoraba la época dorada de la banda, aquellos años gloriosos de la N.W.O.B.H.M. en que la “Doncella de Hierro” había grabado a fuego su nombre dentro del Metal mundial de la mano de grandiosos trabajos como <<Piece of Mind>> o <<Powerslave>>, por nombrar algunos.

Por: Luis Fernando Fonseca
Martes 10 de marzo de 2009, la fecha indicada para este gran concierto. Dos días antes los ingleses habían llegado a Quito en el Ed Force One (avión piloteado por el vocalista de la banda); mucha gente fue a recibirles, otros optaron por escribir la palabra Maiden en las faldas del volcán Guagua Pichincha, algunos no lo creían pero ¡“la Bestia” ya estaba en Ecuador!
Horas antes no había podido conciliar el sueño: la tensión me embargaba, eran emociones que no había sentido hasta ese entonces; al menos no de forma tan aguda. Llegué, como algunas decenas de otros metaleros, a tempranas horas de la mañana; como era de esperarse, ya había fila. Casi un centenar de seguidores de la banda se habían agolpado desde la noche anterior en las afueras del estadio donde se iba a realizar el evento y seguían llegando. En pocas horas –no pasaba del mediodía- ya eran miles los que esperaban la apertura de las puertas del recinto; las calles aledañas se cubrieron de negro y ya había visitado por cuarta ocasión el sanitario. Cuando se hizo visible la fila en que esperaba ansioso, me tranquilicé, era inmensa pero estaba cerca de una de las entradas, me aseguré de que sea uno de los accesos a la localidad que tenía y busqué nuevamente un retrete por precaución; regresé apresurado y me percaté de que la hilera que se había formado era aún más ancha.
Había gente de todos lados, algunos con la bandera de Guayaquil con la mascota del grupo (Eddie) dibujada en el centro, otros con notable acento cuencano y la mayoría, quiteños; todos se habían agrupado cerca de la improvisada pared de tablas que la organización había puesto fuera del estadio en una casi indivisible columna. Cerca de las tres de la tarde algunos policías montados en sus caballos intentaban, de forma inútilmente brusca, ordenar la abultada masa en una fila. Casi por inercia la gente cooperó y se abrieron las puertas. Una montaña de cinturones se había formado en al ingreso, producto de la inusual disposición de la organización del evento de no permitir la entrada a quienes usaban botas y chompas de cuero incrustadas de metal. Pero toda molestia se pasaba por alto para entrar de forma rápida con el fin de alcanzar una buena posición. El escenario se veía impecable, aunque cubierto casi en su totalidad mientras el personal, visiblemente extenuado, se sentaba en las tribunas y se reclinaba sobre el césped parcialmente cubierto del estadio que le pertenece al Aucas.

Cuando el reloj marcó las cuatro, uno de los asistentes de la banda inglesa llamó la atención de la masa con el fin sacarle una fotografía; fue entonces cuando todos se pusieron de pie, se aglomeraron con el fin de permanecer más cerca de las tablas y desde ese momento nadie volvió a sentarse; los grupos de amigos que se habían conformado se dispersaron por horas. Muchos querían que empiece el espectáculo antes de lo programado (no era para menos: esperaron desde muy temprano y, luego de rayos implacables, algunas gotas les caían del cielo).

Luego de un crepúsculo menos luminoso que el resto del día, una gran imagen de la hija del bajista de la Doncella, Lauren Harris, se desplegó detrás del escenario; pero no sería hasta las ocho de la noche que su show daría inicio a este inolvidable recital. La hermosa cantante presentaba su <<Calm before the Storm>> a más de veinte mil espectadores ávidos de buen Heavy Metal. Su puesta en escena no es para nada desagradable, Lauren despliega simpatía en cada canción, además de una fuerza digna de reconocimiento: se mueve con mucha garra, corre, anima al público… todo lo hace descalza, acompañada por una buena banda que despliega acordes Hard Rock muy ochenteros. Si bien su voz no es nada fuera de lo normal captó la atención de todos los espectadores; y es que es difícil no entrar en calor al escuchar una complaciente versión del poderoso clásico “Natural Thing” de los también ingleses UFO. Parece ser que los Harris comparten el gusto por esta gran banda y por los escoceses Gun, a los cuales Lauren también homenajeó al tocar su “Steal your Fire”, alternando un par de temas propios. Me impresionó el acople que tiene la vocalista al acercarse a Randy Gregg (encargado del bajo), con quien incluso coreo un par de estrofas del segundo cover. Esta dama acuñó algunas de las frases de rutina para ambientar su presentación, la despedida fue agradable, un buen abreboca, pero ya sonaban en mi cabeza algunos clásicos de “la Doncella”.

Lado A

El escenario se descubría en su totalidad, increíble apreciar su calidad. No hay extravagancias innecesarias: los tachos de luz evocan la época dorada de los 80’s, las lámparas que iluminan al público también nos remiten a ese periodo lleno de gloria y qué decir de los adornos: algo excepcional ver las paredes sobre la tarima pintadas con los diseños afines a la portada del Powerslave: ¡el antiguo Egipto hecho Rock & Roll!

Pero la emoción se desbordaría luego, increíblemente unos minutos antes de que los seis músicos salgan a escena, pues esta banda da espectáculo hasta fuera de las tablas:

El agitado ambiente se tornó apoteósico al oírse -con mucho más énfasis en los altoparlantes, que la ‘musiquita de espera’- uno de los clásicos indiscutibles de los citados UFO, su vibrante “Doctor Doctor”, algo ya tradicional en las presentaciones de Steve Harris y compañía. Más de uno pensó que era la música de Maiden, la gente gritaba durante este tema, ¡un clásico para otro clásico! sin duda.

Cuando la banda de Phil Mogg dejó de sonar vino algo que no me esperaba, algo que me arrancó un par de lágrimas (de alegría, claro): las dos pantallas en los costados de la tarima mostraban imágenes de la llegada del vuelo 666, aquel adornado avión blanco en el que arribaron estos grandes músicos; pero lo que concitó mi emoción fue el tema de fondo que acompañó esa presentación, era “Transylvana”,  el clásico instrumental que la banda grabara para su disco homónimo, el primero, aquel en el que un no tan reconocido Dennis Stratton entonaba la guitarra acompañado del aún presente Murray y otro personaje ausente en la actual alineación, el baterista Clive Burr.

Luego de la espectacular bienvenida, entre bombardeos y motores de aeronaves de guerra junto con cuadros en blanco y negro, vendría el bélico discurso de Winston Churchill, tan solo para dar paso -a manera de Introducción- a la mítica “Aces High”, una canción memorable, hermosa. Con una banda prodigiosa llegando a las retinas y a los corazones de los miles de espectadores que no podían contener su conmoción. El bajista no da tregua en vivo, así lo confirma al introducirnos de forma impecable a las primeras notas de “Wrathchild”, una joya de la época en que Paul Di’Anno cantaba en las entrañas de “la Bestia” Tema rápido, corto y sutilmente interpretado. Luego un risueño Bruce Dickinson saludaba al respetable, preguntando si “¿fueron ustedes los que escribieron Maiden en la gran montaña?” y antes de que la reacción se alargue ya anunciaba a la consistente “2 Minutes To Midnight”, otra canción del disco del 84: Powerslave.

Todos habrán notado que la voz de Dickinson se encuentra en perfectas condiciones, sus interpretaciones son magistrales, sus gritos emocionalmente oportunos y sus movimientos no pueden describirse con facilidad… digamos que están a la altura de esta maquinaria compleja y perfecta que es Iron Maiden.

Entre exclamaciones de alegría y júbilo le tocaría el turno al mejor disco de Maiden -a mi parecer-, un tema del <<Piece of Mind>>, uno de los tantos estandartes de la vieja nueva ola y del Metal en general, la conocidísima “The Trooper”, potente, corrosiva y dinámica: después del sólo Harris corría por todo el escenario casi cruzándose con un espectacular Janick Gers, quien hace malabares con su guitarra.

El encargado de las cuatro cuerdas derrocha energía, acribilla al público con sus tonadas y qué decir del cantante, ¡enorme!, el hombre se disfraza de soldado de forma imperceptible, corre, canta, ondea su gran bandera del Reino Unido, la arroja por detrás del escenario como si de una jabalina se tratara y antes de que desaparezca toma otra bandera similar. Esa grandilocuencia le permite ordenar a la gente al terminar el tema debido a que la presión en las primeras filas era colosal. Tuvo que pedir a sus seguidores que retrocedan dos pasos, todos le hicieron caso, no podía ser de otra forma, la honestidad de esta banda hacia su música y quienes la amamos evoca mucho respeto.

El grandioso inicio de “Wasted Years” dejó ver que el sonido no era perfecto. Este tema del disco <<Somewhere in Time>> me emociona cada vez que lo escucho, en vivo es más potente aunque menos sobrecogedor, sobresale la magnífica ejecución en la guitarra por parte de Adrian Smith. Ha estas alturas del concierto le llegaba el turno “Phantom of the Opera” y mientras se aceleraba la melodía se sentía en el aire la incomoda irrupción de gas lacrimógeno, algo que se sintió incluso sobre la tarima: el tóxico vaho le eliminó una sílaba a Bruce, eso combinado con los 2 850 metros de altitud de esta ciudad no debe ser nada placentero. Injusto que un espectáculo que iba tan bien se haya manchado así, todo porque en las afueras del lugar algunos quisieron entrar a la fuerza (el número no era significativo, pero la represión si lo fue). Recordemos que las elucubraciones e insinuaciones de los noticieros sensacionalistas y mentirosos -que por desgracia abundan en la televisión ecuatoriana- causaron precisamente una sensación de desconfianza hacia los roqueros que asistirían a este magno evento, todo por el relajo que se suscitó en Bogotá días antes, ahí si hubo un gran problema -algo que, dicho sea de paso, también pasó el año anterior en el país vecino-, varias personas fueron apresadas. Este hecho motivó a las “fuerzas del orden” a estar “alertas” ante cualquier anormalidad.

Sin distraerse mucho por el motivo del gas e incomunicada con el exterior, la gente que llenó el estadio se aprestaba a seguir con el magnífica presentación que los ingleses habían preparado. En ese momento Adrian Smith dejaría de lado su Fender Stratocaster para colocarse una elegante guitarra con doble mástil y comenzar a deleitarnos con la <<Children of the Damned>>; escuchar a este cincuentón en vivo es simplemente un agasajo, casi no improvisa, es como poner el disco en una radio grabadora ¡exquisito!

El menos rimbombante de los guitarristas, el señor David Murray, quien derrocha habilidad de forma sosegada -aunque no menos apasionada-, nos introducía de forma épica a <<Rime Of The Ancient Mariner>>, una canción extensa (¡casi catorce minutos del más elaborado Heavy!) pero interpretada con maestría, con un bajo grandioso y con el realce típico de quien empuña el micrófono en este grupo, quien había hecho un símil entre los albatros de su natal Inglaterra y los cóndores de los Andes; un traje negro, el del ‘antiguo marinero’ acompañaba al cantor, además de un fondo nunca exhibido en la portada de sus trabajos, algo exclusivo para este gran tema que no cansa ni en la parte lenta, cuando el humo en las espaldas de Murray y Gers simula -desde los costados- la neblina del océano, para desplegar por los altavoces la parte recitada de la canción ¡una locura!, cambios de ritmo, potencia insostenible y un público que no pestañeaba fueron las primeras impresiones de esa noche. La canción salda con creces el compromiso del sexteto con el público ecuatoriano que los veía por primera vez… remate perfecto, de esos que te erizan la piel. La canción más trabajada agonizaba en vivo de forma sublime para dar paso a una alteración en el set-list de corte ochentero: la aclamada <<Fear Of The Dark>> (del disco homónimo que vio la luz en el año 92) aparecía escoltada por un coro multitudinario, esta canción no despierta toda mi preferencia pero estremece a más de uno, se corean hasta los solos y la noche se termina de encender antes de su final.

Lado B

“Powerslave” sería la siguiente composición, incluida la introducción que viene grabada al final de la no tan célebre “Back in the Village” en el disco de las pirámides; con partes tenues y armoniosamente dilatadas para beneplácito de los miles de espectadores. El fondo obviamente heredaba la imagen del disco: las monumentales edificaciones egipcias ataviadas con el rostro de un Eddie faraónico y como si de invocar a la muerte se tratara, llega altisonante la primera nota de “Hallowed be Thy Name”, la demencia era total ya que esta lírica exige a las gargantas todo su esfuerzo y el batería hizo gala de su rigor al empuñar, con una serenidad digna de admiración, las baquetas para llevarnos por pasajes de verdadero Metal, incandescente y muy melódico. La banda se despide y queda una situación en que la nostalgia retiene a todos los presentes, nadie se mueve, se apagan las luces y era el momento de los infaltables bises ¡con cinco canciones más!

En medio de una parcial oscuridad y de los impertinentes flashes de algunas cámaras intrusas se escucha imponente el versículo 18, del capítulo XIII del libro bíblico de las revelaciones (o Apocalipsis):

“Woe to you, Oh Earth and Sea, for the Devil sends the beast with wrath, because he knows the time is short… Let him who hath understanding reckon the number of the beast for it is a human number, its number is Six hundred and sixty six” “The Number of the Beast” ya movía a los asistentes y a un guitarrista danés iracundo de un lado al otro del entablado.

Era hora de llevar a los ahí presentes al clímax, Nicko McBrain daba inicio a la coreadísima “Run to the Hills”, nos ponían los pelos de punta, sus solos eran salvajemente ejecutados sobre las graves tonadas de un bajo lleno de estilo que nos conduce al Valhala hasta en sus coros y luego llega Dave Murray con el himno de la banda: su guitarra irradia las primeras notas de “Iron Maiden” mientras Janick Robert Gers, con 52 años parece un jovencito por las piruetas que logra con el instrumento: la lanza, la atrapa, la entona y la pasea por su espalda, esa guitarra se ve envuelta en un elegante huracán y el tema, vibrante, corto y pegadizo deja a muchos exhaustos y fascinados al observar el original tapiz que recubre la parte posterior del escenario; se trata de un cuadro al más puro estilo de la época futurista del <<Somewhwere in Time>> aquel en que se divisa la hora ficticia en una caricatura exquisita, el reloj digital marca dos minutos para la media noche y sirve a la perfección para acompañar a la esperada mascota que con más de dos metros de altura irrumpe en el escenario, en su periplo es recibido con un certero golpe de Murray y por los gritos de los aficionados a su banda. Apunta a todos con la pistola que sostiene en su musculoso brazo y los mira a través de su ojo láser, el pícaro esperpento ya se ha consolidado como todo un símbolo del Rock. Juguetea con su amigo Janick y se marcha al poco tiempo.

El final parecía acercarse, no sin antes brindarnos la preciosa “The Evil That Men Do”. Con fondo propio esta obra de arte, la única que tocaron del <<Seventh Son of a Seventh Son>>, fue impresionante, ¡no podía faltar! Y para cerrar con broche de oro nos sorprendieron con la antiquísima “Sanctuary”, superó lo esperado, quizá porque es un tema fuerte que extendieron como para no dejar en tela de juicio que su espectáculo es lo mejor del Heavy Metal hoy por hoy. No sé porque el piloto-cantante no gritaba -al estilo Di’Anno-, luego de la estrofa que dice: (…)I can laugh at the wind, I can howl at the rain, Down in the canyon or out on the plañís (…) quizá porque tiene su propio estilo y ¡qué estilo!, sin lugar a dudas uno de los intérpretes más grandes de nuestra música.

De esta forma la Doncella de Hierro se despedía. Entre aplausos de agradecimiento infinito regalaron sus púas, McBrain arrojó sus baquetas, uno de los parches de su enorme batería y hasta las muñequeras que siempre se pone, los demás dejaron el escenario y la gente se lanzaba al piso, el abrazo fraterno entre amigos invadía el ambiente. La fatiga era general, no buscaban un bar, sino una cama. La satisfacción que sentíamos era indescriptible, aquella noche dormí complacido… ¡nada importa cuando llega el final y cesa el clamor de los Heavies que asistieron a este Evento en Quito! en donde se ha mostrado que al Metal le queda mucho camino por recorrer, que está más vivo que nunca y que es una verdadera cultura la que lleva a esta muchedumbre multigeneracional a abarrotar estadios con el fin de deleitarse con los himnos de sus héroes.

Un regalo (12 -III-1957…)

En medio de la algarabía del concierto me percaté de que un fan -que en mi vida había visto jamás- había llevado un cartel con la inscripción: “HAPPY BIRTHDAY! STEVE HARRIS” (el inglés cumplía 52 años dos días después -el doce de marzo-) en un papel que ya estaba maltrecho por el roce de multitudes, pero que alzamos con alguna esperanza de que lo divisen desde el escenario… La sorpresa llegó cuando al finalizar “Phanton of The Opera” el bajista, notablemente fatigado, señaló  con la mano la pequeña inscripción y alzó su pulgar en agradecimiento; ese detalle nos refrescó, su sencillez ante la comprensible fidelidad de aquel anónimo que quiso festejarle.

 La mejor formación de Iron Maiden tocó en Ecuador:

Steve Harris (bajo y coros)

Dave Murray (guitarra)

Adrian Smith (guitarra)

Bruce Dickinson (voz)

Nicko McBrain (batería)

Janick Gers (guitarra)

LO MEJOR DE LA BESTIA

El set-list en Quito abarcó la época ochentera de la banda, con el aditivo de la noventera Fear of The Dark; sin duda lo de esa noche fue ¡“The Best of the Beast”!:

Intro – Churchill’s Speech (1985)

Aces High (1984)

Wrathchild (1981)

2 Minutes To Midnight (1984)

The Trooper (1983)

Wasted Years (1986)

Phantom of the opera (1980)

Children of the Damned (1982)

Rime Of The Ancient Mariner (1984)

Fear Of The Dark (1992)

Powerslave (1984)

Hallowed be Thy Name (1983)

—————————————–

The Number of the Beast (1983)

Run to the Hills (1983)

Iron Maiden (1980)

The Evil That Men Do (1987)

Sanctuary (1980)

¡No Hay Quien Nos Pare! para Metalica Zine.

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