‘Héroe(s) de Papel’

Traspasa la puerta,enciende la luz,
montañas de comics en la habitación,
se encierra con llave
comienza a soñar…

Este nuevo espacio está dedicado al sentimiento que ustedes sienten al escuchar las mejores letras de este Heavy Metal. Verdaderas líricas que forjan nuestro camino en un mundo en donde los tontos son mayoría.

Los invitamos a escribir, de la forma que prefieran, sobre las sensaciones que les provocan las canciones que aman… Salud y Rock ‘n Roll, quedan resonando:

…una mano cerca de otra mano /es más fácil caminar; / ser tan libres como una gacela, / sin tener que responder a nada. / Sobre la mesa hay una carta de amor / sobre la mesa hay una estrella de tu corazón…

I

‘Tierra de Nadie’ (perdido entre la nada)

“A un lado tu odio,
al otro tu amor,
la duda infinita,
el viejo temor…”

a Isabel Oñate

Aquella madrugada, aquel cuarto apartado en el aeropuerto de Santiago parecía una cárcel inmunda. Desde pequeño, siempre había soñado con viajar a sitios lejanos; miraba con gran emoción los mapas y banderas del mundo en las enciclopedias. A mis amigos les parecía muy ñoño; habrían preferido jugar conmigo al fútbol o a policías y ladrones. Durante el Mundial de Fútbol, eran los únicos momentos en que los acompañé, ya que, al decir verdad, me gustaba mirar a las distintas escuadras del mundo enfrentarse las unas a otras. A finales de los ochentas, el mundo todavía estaba dividido en dos bloques, y me hacía mucha gracia ver la disputa entre el bloque comunista y el occidental en una cancha de fútbol. Varios años más tarde, el fervor televisivo fue sustituido por una grabadora Sony en donde tocaba cintas de cassettes. La mayoría de mis amigos ya tenían reproductor de CD; en casa, este artificio se tardaría varios años más en llegar. Con Luka, mi amigo del curso, solíamos caminar por el centro histórico hasta llegar a una tienda cerca de la 24 de Mayo donde vendían cintas piratas, cuyas portadas en blanco y negro me recordaban que a veces el color es cuestión de percepciones, y que quizás seamos nosotros quienes debamos los colores al mundo. De esa forma conocimos a Ángeles del Infierno, a Luzbel, a Obús, a Kraken y a Barón Rojo, cuyas canciones en un principio me parecían un tanto infantiles, hasta que escuché un cassette titulado “Tierra de Nadie”, mismo que había sobrevivido a una tarde de frenesí en que mi hermano mayor, gustoso en ese entonces de los vallenatos, había grabado sus canciones encima de varias de mis cintas.

Por: David Nicolalde

Con el pasar del tiempo, la televisión y el bloque oriental fueron sustituidos por un mundo globalizado y un monitor de computador desde donde accedía a internet. El colegio había quedado atrás, así como mis intentos por jugar al fútbol y así también como la libertad de mi amigo Luka, quien se había casado en 2002 y había vendido su colección de cassettes de portadas en blanco y negro para construirle una habitación a su hijo. Por mi parte, había ingresado también a la universidad, y varias de mis cosas o se habían perdido o las había regalado. Una tarde, en que salí un poco más temprano que de costumbre de la facultad de Jurisprudencia, mi hermano, quien pagaba el internet, había salido de viaje, por lo que aproveché para conectarme en el Latinchat. Desde las cuatro de la tarde hasta las once de la noche, estuve escribiendo sin parar. Probé todo tipo de nicks: dragondelinfierno666, cancerberoec, angelnegro22, etc. Finalmente, opté por una palabra poco usada por los cibernautas, al menos en esa época: raving. Así, con este nick, empecé a escribir sobre la obscuridad, sobre la sensación de estar solo, sobre el deseo de conocer tierras lejanas y sobre mi frustrado intento de emular a William Wallace, el héroe de la película Braveheart, a quien aquella madrugada, en aquel cuarto inerte del aeropuerto de Santiago, quise imitar para deshacerme de los carabineros que me tenían encerrado, como si hubiera cometido un delito.

Volviendo a esa noche a solas, frente a la compu de mi hermano mayor, el sueño se aproximaba. Empecé a divagar, a escribir otras ideas rimadas forzosamente, cuando de pronto, una tipa que se hacía llamar Arena me respondió. “Qué hermoso escribes, : )” había puesto, provocando cierto nerviosismo en mí. Empezamos a hablar sobre la soledad. Me dijo poco después que era de Chile, y que eran muy usuales las riñas cibernéticas entre chilenos y peruanos. Me contó que le parecía encantador que fuera ecuatoriano, porque ellos y nosotros nos llevábamos de maravilla. Charlamos sobre muchas otras cosas. Finalmente, ella me pidió mi número telefónico, en caso de que no volviéramos a encontrarnos jamás. Sin esperanza de escuchar su voz jamás (internet es tierra de todos pero a la vez es tierra de nadie), accedí a escribirle mi número, sin pensar en ningún momento si se podría tratar en realidad de un pervertido sexual o de un asesino internacional en serie. Simplemente, creí que no volvería a verla, y nada más.

Al día siguiente, había olvidado que debía leer un texto para la materia de Epistemología. Me levanté muy tarde esa mañana, y sentía un leve dolor de cabeza. Al final, decidí faltar esa tarde a clases. Mientras tanto, había prendido el televisor, con la esperanza de encontrar alguna serie interesante, y fue mientras hacía zapping que creí escuchar el teléfono. Pensando que se trataba de una alucinación, volví al control de la tele cuando de pronto, volví a escuchar el riiiing que venía de la sala.

-Buenas tardes, hablo con Ramón Egas?
(Ramón Egas es el nombre de la calle de mi casa)

-No, le respondí. “Es el nombre de la calle donde vivo.. quién es usted?

 -Busco a un tipo que se hace llamar Raving. Eres tú?

Mi sorpresa no pudo ser más evidente.

-Eres Arena, la del chat?

Desde aquel día, ella me llamaba todos los días; con el tiempo, me contó que su verdadero nombre era Adriana, que tenía 36 años y que era gerente de una planta procesadora de leche en el sur de Chile. Me hablaba de las montañas, de la nieve, del invierno; yo le contaba sobre Ecuador, sobre nuestros días de sol, sobre nuestras fiestas mestizas y sobre nuestros pueblos aborígenes. Supuestamente, hubo química entre nosotros; supuestamente, nos compenetramos. Fue entonces que decidimos conocernos. Al ver que era menor que ella, que no tenía dinero ni futuro en ese momento, Adriana decidió preguntarme mi número de cédula para comprarme un ticket aéreo para viajar a Chile. Yo, que apenas viajaba hasta la casa de mis abuelos a Ambato, de repente me vi ante la posibilidad de conocer otro país, otras montañas y otras calles. No lo pensé más. Acepté de inmediato, sin meditar ningún tipo de consecuencia o analizar alguna previsión.

El aeropuerto de Santiago era muy grande, más grande que el de Quito, en donde aquella noche, en que por primera vez acudí ya no para despedir a algún amigo que se iba a España, sino para viajar, un oficial de policía se acercó para preguntarme si era la primera vez que saldría del país.

-Por favor, en este papel apunte su nombre y su cédula, dijo el oficial.

Posteriormente, me acerqué al mostrador de la aerolínea chilena, en donde debía solicitar mi pasaje impreso, ya que Adriana había hecho la compra por internet. La encargada, cuyos ojos y pechos no pude evitar mirar, además del número de cédula, me solicitó un número telefónico y el nombre de una persona, en caso de emergencia.

-Darío Carvajal, 2540810.

Luego de mostrar mi pasaporte (que estaba forrado con una cubierta plástica blanca en donde llevaba una foto muy chistosa en donde estaba colgado en un árbol), era el turno de pasar el control de migración.

-Y el derecho de salida del país? me dijo un oficial, quien tenía cara de insatisfacción sexual (había olvidado comprar el susodicho documento en la Dirección de Migración)
-No lo tengo, respondí con voz tímida. Pero que puedo hacer?
-No le queda otra que suspender el viaje- prosiguió el chapa.
-A menos que…
-A menos que, qué?
-A menos que se pase para las colitas- concluyó el tipo, que momentos después recibió veinte dólares de mis manos.

Superado este impase, supuse que el resto del viaje sería pan comido, y que llegaría a Chile sin novedades. En el avión, mi emoción era intensa; desde el cielo obscuro podía mirar como Quito y Guayaquil se volvían maquetas de juguete, llenas de luces amarillas, y como luego se volvían un pequeño punto de luz al que la obscuridad arrebataba su luminosidad. Luego de las instrucciones de seguridad que la sensual azafata compartió, y luego de la comida envuelta en aluminio, de la cerveza y del vino, en el monitor exhibieron una película interpretada pro Meg Ryan, “Leopoldo y Kate”, donde una tipa se enamoraba de un hombre del siglo XIX que viajaba de forma insólita a través del tiempo.

Se aproximaban las cinco de la mañana cuando el piloto anunció por parlante que nos aproximabamos a Santiago, y que la temperatura era de cero grados. Era junio, y era invierno. Había olvidado llenar la tarjeta del Acuerdo de Cartagena sobre portar especies endémicas y sobre los motivos de mi viaje. Solicité a una de las azafatas que me prestara un esfero, a lo que respondió que no sabía de que se trataba, por lo que me sugirió un bolígrafo. Luego del apuro, descendí al fin del avión.

Los pasillos eran muy amplios; tenía ganas de mear desde hace rato, por lo que tuve que buscar un baño con urgencia. Luego de satisfacer mis necesidades biológicas, me dirigí hacia los puestos de migración, en donde luego de ver mi pasaporte y preguntarme cuanto traía de efectivo, llamó a un oficial de detectives, le entregó mi pasaporte y me pidieron acompañarlos hasta una oficina.

-¿Cuánto tiempo piensas quedarte en el país?
-Máximo diez días, señor- respondí, nervioso.
-Pero tu boleto dice que te quedarás el mes entero- prosiguió, a la manera de los que interrogan en las pelis.
-Que no, que pienso regresar antes-, seguí.
-Pero si apenas traís cincuenta dólares won– insistió.

Hasta ese momento, apenas me había dado cuenta de que debí haber llevado más dinero, por la cuestión de la bolsa de turismo.

-¿Por qué has venido a Chile? insistió el detective.
-Vine por invitación de una persona de acá- respondí.
-¿Y de donde es?
-De Valdivia.
-¿Y cómo la conociste?
-por internet.

A continuación, los rostros de los dos tipos que me acompañaban, que durante el interrogatorio estaban todo serios, por primera vez dibujaron una mueca parecida a una risa.
-¿Por internet? ¡Que te creís weon, que somos imbéciles?

No había hecho otra cosa que decir la verdad. Sin embargo, intuí al poco tiempo que la historia de que la conocí por chat, bajo el seudónimo de Raving, sólo les daría más elementos para burlarse.

-Acaso tenís una crisis de identidad weon? López! por favor traiga el número telefónico de este pasajero. (Enseguida, llamaron al número que proporcioné en el aeropuerto de Quito).
-¿Y este Darío Carvajal vive aquí en Santiago?
-No, señor, en realidad…

Y ni bien terminé de hablar, cuando el oficial solicitó a otro subalterno que llamara a Darío.

-No, capitán, la operadora responde como número inexistente.
-O sea que ahora le mentís a la Policía?- respondió el capitán, con mayor firmeza.

-No señor, yo solo di este número de mi casa porque me dijeron en Ecuador que lo requerían en caso de un accidente o algo así- respondí.

Minutos más tarde, me acompañaron a una habitación, en donde dijeron que debía aguardar hasta conversar con personal de la aerolínea para confirmar mis pasajes de avión, en donde aguardo hasta este momento, y en donde nos custodia un tipo vestido de negro, que hace un momento quiso hacerme la conversa.

-Yapo won, aquí entre nos, a que venías a trabajar?-
-No vengo a buscar trabajo acá. En mi país tengo lo que necesito- le respondí, molesto. -Por favor, necesito que me permitan hacer una llamada.
-Jajaja- río el oficial. -Si acá vienen hartos peruanos, argentinos y ecuatorianos.
-No necesito venir a otro país del tercer mundo para buscar donde trabajar- seguí. Fue entonces que el tipo calló finalmente.

Los minutos pasaban y nadie me decía nada. Un ejemplar del diario Las Últimas Noticias era lo único disponible para leer. Finalmente, apareció un oficial de aspecto senior, canoso y con bigote.

-Señor- le dije. ¿Ya puedo hacer mi llamada?
El tipo no decía nada.

-SEÑOR- hablé más fuerte. -NECESITO HACER UNA LLAMADA, DÉJENME LLAMAR, O ES QUE TODAVÍA VIVEN SEGÚN PINOCHET?
En eso el oficial senior se acercó y me dijo:
-MIRA WON DE MIERDA, ACÁ ESTÁS EN LA POLICÍA Y NO PUEDES HABLAR ASÍ!!!
No dije nada más.

Minutos después, durante los cuales deseé más que nunca estar en Quito, estar en casa, bajo las cobijas, mirando cualquier tontería en la televisión, en que deseé no haber chateado con Arena, en que llegué a la conclusión de que estaba en Chile pero de que en realidad estaba en ningún lugar, finalmente me hicieron salir bajo la custodia de un detective y me encaminaron hacia una oficina, donde esperaba un tipo sentado frente al computador. Al mirar a la pantalla, alcancé a notar que decía “orden de deportación”, y que entre sus primeras líneas ponía “el ciudadano peruano, …”

No negué nada más. Se me acusó de mentir a la autoridad, de ingresar a un país extranjero sin portar suficiente efectivo y de proporcionar datos falsos. El avión con destino a Guayaquil en el que sería deportado llegaría en una hora.

Eran ya más de las siete de la mañana, y alcancé a contemplar la cordillera de los Andes, que en esta parte de Sudamérica y en esa época del año lucía completamente nevada.

Han pasado varios años ya desde esa sensación, y ya no me encuentro en una habitación helada de aeropuerto. Hoy estoy de nuevo en un avión, hoy me dirijo hacia otro país. Mientras pienso que les voy a decir a los oficiales de migración cuando los tenga de frente, el recuerdo de Adriana se desvanece como una nube; pienso que la bandera de Ecuador debe estar ondeando en algún lugar, esperando que sus colores se marchiten y que un día solo sea otro trapo sucio sin nombre; pienso en aquel aeropuerto de Santiago de Chile, en donde aguarda un expediente donde confunden mi nacionalidad, o en donde tal vez no me consideraban de ningún sitio; pienso en el cielo, que sobrevuelo ahora, que tal vez sea en el fondo solo otra tierra de nadie.

Fuente: Barón Rojo (‘Tierra de Nadie’)

II

‘Campo de Concentración’ (¿El mundo puede ser diferente?)

Su día empezó con el siempre ruidoso radio-despertador, (yo lo llamaría “salvador de su adormecido acompañante”) Sin hacer el menor esfuerzo está en un limbo, levantarse o seguir con el sueño reparador.

Por: Marcelo Benalcázar Carrera

-¿Será reparador?-se pregunta. Si a cada instante viene a su mente la posible solución a ese problema que inunda su ya anegada vida. Por fin, esa larga penumbra abandonó su estado físico. Listo para dar los primeros movimientos coordinados y complejos de la marcha. Se da cuenta de que le falta un calcetín, pronto entra en pánico porque, si no está en su lugar, sentirá los mismo que cuando ocupa tu cavidad oral el mas gélido potaje y retumba hasta la última célula del encéfalo. Sin buscar mucho encuentra el ansiado artículo, y se pregunta como casi todas las mañanas: ¿De donde aprendí dicha costumbre?, abuelos tal vez, al final gana la  pasividad, y la duda queda flotando. De hecho, ese pensamiento venía a él siempre y cuando no se cumpla la disposición mental de amanecer como se acostó.

Pronto se dio cuenta de que dicha divagación le había quitado valiosos segundos a la tan esperada agua caliente, después de darle libertad por la llave de paso. Corre… bueno, intenta caminar hacia el verdadero despertador, porque se levantaba en verdad cuando la primera molécula de agua tocaba su aclimatado cuerpo, ya que dicho estado no se va a dar hasta que no toque su rostro –o lo que deje descubierto por su ropaje– el viento frío de la mañana. Realiza los mismos movimientos, sincronizados, como aquellos atletas mundiales. Entonces, ¿por qué no se le califica al arte de bañarse como un deporte olímpico? Debe ser porque los ambientalistas estarían en contra del desmedro de líquido vital. Sin darse cuenta que ellos lo hacen –ojala no me equivoque–, casi todos los días.

Luego se dice a sí mismo, -este trajín me está quitando minutos, después puedo arrepentirme-.

Su cama está como la dejó, pero no pierde la esperanza de que algún día exista un artefacto capaz de dejar como si nadie hubiese ocupado ese lugar. Abandona su morada y precisa el movimiento más oportuno de sus pies, que lo llevaran a donde él quiera, o mejor dicho donde la rutina lo lleve. Apresurado por el sonido de los buses, que hacen una sinfonía desde sus destartalados motores, se apresura a ocupar uno de ellos. No importa que tan ruidosos sean, ni en qué estado se encuentren y pero aún con qué tipo de personajes se encontrará en estos. Lo único que le importa es si será el correcto para llegar a su destino. Bastó una ojeada a las letras frontales del bus, que a más de llamar la atención por sus oxidados colores eran reiterados por la melodiosa voz del primer protagonista, ávido de pasajeros, para darse cuenta que es el indicado. Los primeros pasos en él son de lo más reservados, porque es un “extraño” y deberá mantener cierta distancia, para hacer menos sofocante el calor humano que embarga a cada uno de sus ocupantes. Así, permite que reine la cautela porque puede pasar de impertinente si hace algo a lo que no estaban acostumbrados los antiguos inquilinos. El único asiento libre es asediado por una madre y su crío, ella está agotada –al ser las primeras horas del día, no debe ser un cansancio físico–, entonces lo da por perdido.

Muchas veces se pregunta si aquellos habitantes realizan al menos una de sus actividades matinales, por lo menos la de despertarse porque al parecer el noventa y nueve por ciento del vehículo va adormilado, a excepción del chofer –obviamente–, su asistente y uno que otro pensativo. Cuarto de camino ya está recorrido, cuando observa a cierta distancia facciones excepcionalmente únicas. Una mujer tan bella como la mañana de los domingos, pero hoy no consta en esta historia. El punto en contra, es que su esqueleto se encuentra en tal posición, que le obliga a realizar cierta protrusión de la mandíbula, obligándola a desbordar saliva. Ahora la belleza eclipsada por semejante espectáculo ha quedado en una simple pregunta: -¿Por qué no se dio cuenta primero de ese particular detalle?- En fin, ha mejorado sus dotes de observador. Pero ruega para que el conductor realice cierta maniobra y así la aludida recobre su postura original, también, si no es mucho pedir, se dé cuenta de su ridículo, y piense dos veces antes de criticar a cualquiera de sus compañeras de trabajo, porque para eso son eruditas.

Pues bien, luego de meditar sobre la desdichada y llegar al punto de la carcajada, muchos de sus acompañantes han quedado sorprendidos por el peculiar desborde de energía. Es el momento de limpiar su imagen –porque de seguro quedó como el loco que se ríe sin causa aparente–, y qué mejor manera de hacerlo abriendo una ventolera, entonces ya no limpia su imagen, limpiar el aire y así, disimuladamente, culpa a la falta de oxígeno su desmejora emocional.

Fuera de compromisos, pretende invadir un espacio más holgado y así seguir convencido de la ley: “dos cuerpos no pueden utilizar el mismo espacio”;  permitiendo que siga en los libros de física sin ser adulterada. Ahora está cómodo, pero el lugar de salida está relativamente lejos, obstaculizado por varios bultos, no necesariamente humanos. Desea, por algunos minutos, seguir en el terreno precedente, tal vez fue un desliz, tomar la difícil decisión de ahora ocupar un área estéril de los pensamientos más desequilibrados de este transporte.

Para él no eran nada salidos de tono sus pensamientos, salidos de tono eran los que hacían de este lugar el más despreciado por su ser, todos los días de su existencia… En el divagar de su memoria salta un destello de reminiscencia al día anterior y se pregunta: ¿Qué me sacó de este condenación de casi ciento veinte minutos? Fácil llega a su presencia, él mismo, pero hace un día, hipnotizado por el sonido de la misma melodía acompañante de todas sus mañanas, pronto recuerda que aquel artefacto “liberador” de este régimen, está presto para dar sus mejores fulgores con la música que esta ataviando su vapuleado corazón. Y dice así: “A veces la ciudad me parece siniestra, desde cualquier rincón nos vigila un guardián” (…) “Este mundo es, un campo de concentración, pero piensa que, es posible la evasión…” “Corre, escapa, huye, corre, ¡escápate!, escápate…” Esa “droga” pronto ocupa hasta el último elemento de su ser y se dice a sí mismo: ahora este infierno es solo humo.

Fuentes: Barón Rojo (‘Campo de Concentración’)

III

Mejor No Escapar (¿Fuga Social?)

para Elena, mi amiga

Por: Luis Fernando Fonseca

Como a Troya, Helena, viniste a Quito amante del Black Metal desde un pueblo lejano. No provocaste guerra alguna pero llegaste camuflada en una armadura tan fuerte como tu alma. Todo para demostrarles a quienes viven de las apariencias que su moral no sirve para nada.

Conservas el recuerdo de las mañanas con el Cayambe de fondo y ese sabor de la leche sin agua. Cambiaste los caballos por ese Trole sin vida y lleno de gente… y tu rumbo: de los terrosos caminos que conducen al gran nevado, a las calles sucias que te llevan al trabajo.

En tu pueblo el Rock era como una opción foránea que aún resiste muy dentro de quienes la sienten. Hermanos, amigos y paisanos te dieron esa música grabada en casetes grises, oscuros como el color que le pones a tus labios antes de ir a cada “conciert”. Cintas oscurísimas que se grabaron a fuego en tu mente y que hoy muestras al mundo a través de las púas que rodean tu cintura.

En la ciudad el Metal parece una costumbre de muchos hecha para pocos. Casas, calles y hospitales donde hablan de tolerancia y critican a tus espaldas, navajas afiladas que evades como balas perdidas que no mereces. Cosas de la vida diaria que no te impiden reír al conversar con tus amigos Rockers en las aceras de tu barrio, mientras la noche absorbe la cerveza sin siquiera dejar la espuma.

Aguantaste, Helena, las madrugadas heladas sin más recompensa que un sueldo de mierda por limpiar pisos en un hospital capitalino. Escuchaste en silencio los cobardes murmullos de tus compañeros. Les respondiste con dureza cuando te llamaron “satánica”. Ignorantes.

Sentiste que fue un error venir de tan lejos con la esperanza de que todo mejoraría. Te refugiaste en un cuarto cerrado casi renunciando, nunca llorando. ¡Te hiciste mujer al decidir que escapar sería ahuervarse!, que debías quedarte y darle la cara a los farsantes que te acusaron sin pruebas.

Pintaste tus párpados de un gris elocuente y llenaste tus pestañas de rímel negro. Adornaste tu cabello con rayos púrpura para confinar tus miedos en la memoria de tu infancia sin que puedan salir. Dejaste a un lado las camisetas de Venom y Mayhem por el mandil del trabajo.

Oscura, celeste y rosa volviste a los pasillos de la Consulta Externa. Quedaron relucientes cuando llegó la hora de salida. Sin nadie que te vea te vengaste: invertiste los crucifijos de madera al pie de un altar improvisado cerca de los ascensores. Le pusiste tetas puntiagudas con plastilina a la Dolorosa, teñiste de verde las velas que la iluminan.

En la mañana todos se asustaron antes de santiguarse. La policía sospechó hasta de los doctores. Que ahora digan que la chica del aseo es satánica. Que lo digan por algo. Ninguno se atreve, saben que están malditos… Llevarás en ti colores aunque solo sean dolores y digas que nada anda mal; ellos sabrán lo que pasa o inventarán una farsa para criticarte una vez más. No te afectarán porque sigues en pie, esa puerta no la volviste a cerrar jamás.

Fuentes: Metamorfosis (‘Fuga Social’)

IV

Condenado

La mano maldita, te vendrá a buscar,
al infierno te ha de llevar.
Sintiendo la muerte, podrás observar,
que oscura que es la soledad.
 

–¡Agárrenlo!–gritó la muchedumbre enardecida, querían reprimir al evasor de la ley. Hizo méritos para tener ese destino, hurtó algo, pero nadie sabe qué. Pese a eso lo siguen y su objetivo es matar, o por lo menos ver sangre. Sangre que lavará la culpa del desdichado. Él, más ágil de todos, dio un cros de derecha que ha tumbado al tipo ahora a expensas de una paliza. El jadeo del ganador se oculta en su hipócrita sonrisa.

Interrumpido fue el sueño con el más estridente aullar de una fiera… perro, lobo, chacal o lo que se le parezca. Jamás había escuchado semejante alarido, capaz de romper el sueño más profundo.

Por: Marcelo Benalcázar Carrera

Pronto observó el reloj, marcaba las 3h30; alguna vez había escuchado que era la hora preferida por Satán, haciendo burla de las tres de la tarde, instante que según los profetas fue la crucifixión del Nazareno. Todo esto, acompañaba lo lúgubre del sonido de aquel animalejo, que para colmo se había detenido a la altura de su ventana. Pensó que era parte de su sueño, pero estaba equivocado. Enseguida, escuchó el mismo lamento y se dio cuenta que estaba despierto. Preocupado se dijo: ¿es acaso enviado por el maligno? muy probable, todo concordaba.

Fue presa del pánico por varios minutos, pensando en todo lo malo que había hecho, en todo lo que le faltó hacer, y hasta pensó en aquel personaje del sueño, tal vez nunca fue culpable. Se preparó para recibir otro aullido, pero éste nunca llegó. Con el trajinar sus sentidos se habían agudizado, ayudándolo a percibir una marcha que se acercaba. Su corazón galopeaba, lo confundió con los pasos escuchados. Pese a sentirlos tan cerca, se iban haciendo menos ruidosos con el pasar de los segundos hasta que desaparecieron. ¿Qué pasó con el aullador?–pensó, este se había alejado tanto que ahora apenas lo escuchaba, pese a su estridente sonido.

Tranquilo ya porque todo había pasado –eso aparentaba el ambiente– se hizo la misma cuestión de las noches –¿Quién me visitó?

Recibía estas visitas de vez en cuando, nunca conoció el objetivo de las mismas. Alguien quería hacerle ver que cuando el descansaba, ese ser velaba su sueño y alejaba a esos seres ávidos de su alma. Nunca entendió por qué desde niño tenían esa sensación de protección. Muchas veces lo asustaron, y llegó al punto de romper en llanto. No estaba preparado para tener semejantes experiencias a su corta edad. Fue la costumbre la que hizo más llevaderos a este tipo de fenómenos. Jamás contó a nadie su desdicha.

Se presentaban en las noches, y regularmente el precedente era un sueño. No importaba que hiciera antes de acostarse, sólo llegaban. Empezó a frecuentar una iglesia de la localidad. Casi no ayudó, es más, perjudicó a sus creencias porque lo único que sacaba como conclusión es que todo eso se lo merecía por su mal comportamiento. Se entrevistó con el párroco, tampoco ayudó, los episodios se habían ahondado, duraban el doble o, a veces, el triple.

Como todas las noches se recostó, pensó unos instantes, y rogó para que esta vez durase lo menos posible. Era el mismo ritual de todas las noches. No pudo llegar al sueño profundo, ese ‘alguien’ había llegado antes de tiempo. Se preparó para lo peor, en vano quiso gritar, levantarse para luchar con el espectro. Su fuerza era descomunal, capaz de derribar un castillo medieval. Se dio por vencido y su cuerpo casi flotaba. Fue como que esa sombra hizo desaparecer la gravedad. Mientras tanto él se relajó diciendo: –¿para esto me querías?, aquí me tienes. El sentimiento de paz inundó su espíritu y su desgracia terminó.

A la mañana siguiente su madre, despertada de golpe, fue hasta la habitación del chico, lo único que diferenciaba a leguas era un olor pesado a azufre y un bulto que no se asemejaba siquiera al de un bebé. Quitó las sábanas, distinguió un baúl y lo abrió. Su contenido era un papel amarillento adornado con oscuras letras: <<Ahora es mío>>.

Fuentes: V8 (‘La Mano Maldita’)

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