La agresividad musical de Arch Enemy rompe barreras ideológicas y fronterizas

La agrupación de death metal melódico ofreció su primer concierto en Quito la noche del jueves 12 de febrero. La creativa agresividad que caracteriza a sus melodías se extiende a las letras de sus canciones.

Por: Luis Fernando Fonseca

@lffonsecal

La influencia que la música clásica ejerce en las composiciones y mensajes del metal pesado ya no es novedad, pese a que ningún autor llegó a pronosticar el alcance temporal que han tenido las melodías de hace siglos atravesando partituras contemporáneas. Las barreras espaciales y morales de estos sonidos aún existen aunque poco tienen que ver con inquisidores medievales.

Las últimas horas del pasado miércoles, el quinteto de death metal melódico Arch Enemy arribó a Quito por primera vez y, mientras se instalaba en un hotel capitalino, aún con la fatiga que le provocó el concierto que un día antes ofreció en el Teatro Flores, de Buenos Aires (Argentina), el guitarrista Michael Amott conversó con este Diario (El Telégrafo) sobre la música que los ha llevado a emprender giras mundiales desde 1996, cuando empezó su proyecto.

Foto: Marco Salgado

La religión y las libertades individuales han sido temas que la banda trata con agresiva irreverencia en cada uno de sus discos, ¿eso le ha causado algún problema con la audiencia o con los medios de comunicación a Arch Enemy?

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El oscuro carisma de Cavalera Conspiracy llegó a Quito

La agresividad musical de los brasileños disipó la lluvia, los rayos y doce grados de temperatura. El concierto pudo ser el mejor de su última gira.

Por: Luis Fernando Fonseca

@lffonsecal

El carisma es una característica humana difícil de explicar. No hay una receta o manual para tenerlo. Es algo que se da de forma espontánea y que te hace voltear a ver a quien lo posee apenas entra a un lugar, como si te imantara a su presencia. El carisma es algo inexplicable que caracteriza a gente como a Max Cavalera que, con su peinado rastafari y su poblada barba, no dejó indiferentes a los mil espectadores que fueron a ver a su grupo en la capital, el viernes pasado.

Cavalera-Conspiracy (impreso)

Conspiração brasileira

Esa noche, los colores de la bandera brasileña destacaron en la Plaza de toros Belmonte. El cielo azul de Rio de Janeiro, con la frase Ordem e progresso en medio, se mostró sobre un amplificador a la izquierda del escenario, y en la guitarra de solo cuatro cuerdas que la marca ESP patentó para Max. El colorido modelo del instrumento auriverde –que su dueño alternó con una B.C. Rich Warlock en determinadas canciones– contrastaba con las notas graves y de una extrema saturación que caracterizan al grupo Cavalera Conspiracy.

Aunque Brasil es una nación en la que la habilidad en las piernas de Pelé, junto a los cuerpos esculturales de las danzarinas del carnaval de Rio, o, el sol playero de Copacabana suelen preceder a la inocultable miseria de sus favelas en el imaginario mundial, el mayor de los hermanos Cavalera labró un nicho en la música cantando contra la represión y las injusticias de su país, del que un día llegó a decir que “su gente le tiene mucho más miedo a la policía que al demonio” Read More

Liran’ Roll en Quito

María, la chica que se olvidó de ser mujer

Una noche, cuando tenía 16 años y pensaba que mi vida era privilegiada por la ausencia de control, me enamoré de una joven como yo pero con más vicios de los permitidos. Aunque ella no estaba a mi alcance –ni al de nadie–, la busqué. La calle y el tumulto fueron el inicio y el fin de esa ilusión.

Texto y fotos: Viviana Herrera.

@ViviHerreraA

Pasaron los años. María viajó, se embriago, se drogó, se enamoró e ilusionó. Yo la olvidé. Pero hace poco, el 20 de junio de 2014,  la incertidumbre regresó. Jeans, una pupera negra; cabello graso, negro, hasta los hombros; ojos cafés, mirada perdida; labios secos; rostro ovalado; alta y delgada. Así era María, la mujer con la que quería conversar, tomar una cerveza en una vereda cualquiera, regalarle un tabaco y despedirme con una sonrisa.

Lo más cerca que pude estar de ella fue a través de cuatro hombres que llegaron desde México y que con su “órale” (cantadito) hicieron posible el encuentro entre las dos.

La banda rocanrolera junto a Leo Mena (Arambel)

La banda rocanrolera junto a Leo Mena (Arambel)

Horas antes de su presentación, hombres y mujeres llegaron a beber cerveza,  fumar tabacos y juntarse con sus similares (esa tarde, todos gritaron dos goles que la selección ecuatoriana marcó ante la selección de Honduras en el Mundial Brasil 2014, hazañas del jugador Enner Valencia que se vieron en una televisión de 24 pulgadas.Terminado el partido, y con el ánimomás allá del cielo, empezó la tocada).

La banda ecuatoriana que inició el evento fue Zigma Detonador, seguida de Aztra y Sueño Eterno. Cada agrupación puso al público a cantar y cabecear. Sin duda XXX, de la ciudad de Ambato, demostró que su trayectoria y constancia les ha permito ser una agrupación representativa del heavy metal nacional.

La banda que antecedió a los chavos fue Arambel, con Leo Mena a la voz –y quien fue el responsable de que Antonio Lira, ex integrante de Blues Boys fuera parte del festival “Al Padre del rock and roll” en su V edición–. Los bailes rockanroleros de Leo y su habilidad para dar vueltas al micrófono dejaron al público listo para una buena dosis de blues y rock mexicano. Read More

Sonata para rebeldes

Sonata para rebeldes en si bemol

Por: Luis Fernando Fonseca

@lffonsecal

«No puede comprender que el heavy deba ser un rito marginal

o que no suene bien la música de Bach si no te pones frac.

Pobre, le quieren recluir en una clínica mental,

todos se empeñan en decir que con el rock se acaba mal.

Dice que el gran Beethoven hoy tocaría rock,

aunque le ataquen mantendrá su opinión…»

Breakthoven (Barón Rojo).

Es difícil convencer a alguien de que un género musical basado en el desencanto de los negros que padecieron el apartheid gringo pueda ser una obra de arte con raigambre en la música clásica. Sin embargo, el blues lo es. Más difícil aún es convencer a alguien de que un género musical basado en las correrías de motociclistas pueda ser una obra de arte con raigambre en el blues —y, claro, en la música clásica—. Sin embargo, el heavy metal lo es.

Quizás imaginarlo sea complicado pero el metal pesado, el soundtrack de los rebeldes sin causa, puede ser la moderna caja de resonancia que Richard Wagner soñó y quiso montar en auditorios de hace dos siglos.

El Jardín de las Delicias, tríptico de El Bosco que situó a los músicos en el infierno.

El Jardín de las Delicias, tríptico de El Bosco que situó a los músicos en el infierno.

Opus 32 N°. 1

Es verano y estás intentando descubrir qué hay bajo la alfombra que cubre el piso de tu casa, con tus amigos y familiares de infancia; niños revoltosos que corretean tras los más grandes. Sobre la alfombra hay una mesita de sala y, alrededor, estantes de libros que te parecen ilegibles, junto a un equipo de sonido que permanece en silencio. Te sientes muy pequeño en medio de ese conjunto de grandes objetos que te han prohibido tocar. Uno de tus primos mayores, ya entrado en la adolescencia, cruza la sala dándote una palmada en la nuca. No culpas al tipo por arrogante, es casi un deber permitirle que te enseñe algo. Cosas de la edad. Es de esos chicos nacidos en los años setenta que no conocerán Internet hasta la adultez y que en los noventa verán los discos compactos como milagros efímeros.

Ese primo —que lleva tenis, jeans y camiseta— es la oveja negra de la familia, a quien los mayores no pierden de vista porque temen que te enseñe a fumar a escondidas. Pero lo que va hacer está lejos de ser una travesura, algo que él no recordará en unos años pero que a ti te marcará de por vida, más que la adicción a la nicotina.

Estás en esa reunión familiar de los años ochenta, mirando a todos con curiosidad; a esa edad temprana sueles aburrirte con frecuencia. Entonces escuchas algo, un zumbido, y el tedio desaparece tras una sensación que, hasta ese momento, no habías conocido. Empiezas a sentir una especie de placer por algo que te penetra los oídos. Tu primo —el rebelde sin causa al que recién le han brotado espinillas— ha cruzado la sala con un sobre grande de cartón del que saca un disco también grande y negro, para colocarle una aguja encima, sin rayarlo. Sube el tono del volumen, los parlantes polvorientos se activan, el zumbido del acetato irrumpe junto al sonido de la lluvia sobre hojas secas, campanadas y lo que parece un maullido, garras de animal sobre una pizarra que te atraen por su ritmo.

El 18 de septiembre de 1970, Black Sabbath lanzó el disco Paranoid

El 18 de septiembre de 1970, Black Sabbath lanzó el disco Paranoid

Tú no sabes qué sentir ni cómo reaccionar pero te emocionas, das saltitos sobre la alfombra. El sonido te envuelve y el zumbido, que parece necesario, va despareciendo cuando un tipo empieza a gritar. Su aguda voz canta en inglés y empiezas a sentir un leve temor, miedo a lo desconocido como el que te embargará cuando el mismo primo te muestre, en unos años, una película porno, o cuando recibas, mucho después, tu primer beso, de una prima, su hermana quizá. Entonces te reconforta saber que él, mayor y experimentado, te ha envuelto en esa música porque algo bueno debe tener. Querrá aleccionarte tal vez, mostrarte algo que ya te está permitido disfrutar. Algo que, quieras o no, recordarás para siempre.

Así empieza mi relación con Black Sabbath que está entre los grupos que escucho desde la infancia. Con el pasar de los años me di cuenta de que esas melodías no solo me emocionaban sino que se metían en mis venas haciéndome sentir que retumbaban dentro de mí como un eco del pasado. De un pasado lejano. De otra vida. Parece difícil convencerlos de que unos unas canciones oscuras, junto a letras basadas en películas de terror puedan llegar a ser tan excitantes. Pero pueden. Conforman piezas magistrales que yo no cambiaría por nada, por ningún otro género y por ningún otro pasatiempo. Y para que esto no termine siendo un elogio a un arte que pocos comprendemos, o una simple lisonja a algo que amo, contaré qué tiene que ver esta música con el pasado, con esos registros fonográficos encerrados en museos de coleccionistas a los que el frac les es inherente.

Opus 32 N°. 2

Mientras crecemos, nos damos cuenta de que viajar en el tiempo es imposible. Y, para colmo de males, al cineasta Robert Zemeckis se le ocurrió jugarle una broma pesada a Chuck Berry cuando puso la canción ‘Johnny B. Goode’ en las manos de Marty McFly (Michael J. Fox) en su filme Back to the Future. La treta: Marty entonó su guitarra de una forma desconocida en la década de los cincuenta, adonde había regresado-viajado. Marvin, un primo de Berry, lo escuchó y telefoneó: “Chuck, ¿recuerdas el sonido que estabas buscando? Bueno, pues escucha esto”. Treta que confunde porque Chuck Berry tenía en la sangre —en su historia genética— el ritmo acrobático que hace sensual a la música[1]. Read More

El avant garde y Paul McCartney

De los cuatro fab four, Paul McCartney era el más interesado en la alta cultura y vanguardias.

Por: Eduardo Varas

@EduardoVarasC

Por alguna extraña razón, Paul McCartney será por siempre el beatle que va detrás de John Lennon. Y para muchos, incluso, por debajo de George Harrison. Esta es una de esas injusticias provocadas por los prejuicios que gravitan alrededor del mito de la banda de Rock que pateó el tablero del mundo: Paul, el de la cara bonita, el que hizo “Yesterday”, el que parecía disfrutar del reconocimiento, el que quería canciones melosas y cursis…

Para muchos, Paul McCartney siempre será la sombra de John Lennon. Aunque, como premio de consuelo, lo coloquen por encima de Ringo Starr.

Esa mitología gana en todo nivel porque una personalidad como la de Lennon no deja a nadie de pie.

Pero Paul fue quizás la pieza determinante dentro de la banda, tanto para lo bueno como para lo malo. Porque muy pocos saben que de no haber sido por él, los Beatles hubieran desaparecido tres años antes de su fecha de caducidad: él los mantuvo unidos cuando murió Brian Epstein, su manager, en 1967; encabezó proyectos y tomó la batuta, trató de respetar las individualidades de los otros tres y logró controlar a la bestia por un poco más de tiempo, hasta que la ficción se reventó, a inicios de los 70’s.

No era que solo disfrutara de ser uno de Los Beatles. Ser un beatle era lo único que sabía hacer, con todos los pros y contra que eso involucraba.

Paul McCartneyDe los cuatro fab four, Paul McCartney era el más interesado en la alta cultura y vanguardias. Hijo de un músico de jazz, el bajista, en 1963 –cuando la banda viajó de Liverpool a instalarse en Londres– es quien empezó a consumir de inmediato la oferta de la capital inglesa. Fue asiduo asistente a obras de teatro y a conciertos de cámara y óperas, McCartney diversificó sus intereses con solo 21 años. De la mano de George Martin, el eterno productor de Los Beatles, escuchó y se dejó llevar por las obras de Shubert y Stockhausen. McCartney fue el primer beatle que caseramente trabajó en experimentaciones sonoras y cuando algo le parecía que funcionaba, lo llevaba al estudio. De hecho, fue su curiosidad e insistencia lo que permitió que sus cintas con sonidos reproducidos al revés fueran parte de la música del grupo. “I’m only sleeping” y “Rain”, dos canciones de Lennon, se benefician de este trabajo de McCartney.

Andy in the garden, 1990 (Paul McCartney)

Andy in the garden, 1990 (Paul McCartney)

Fue McCartney quien tomó su guitarra Epiphone, semi acústica, y tocó el solo de “Taxman”, canción compuesta por George Harrison, cargándola de ese aire oriental como guiño a su compañero de banda. Para “Tomorrow Never Knows” fue Paul quien llevó al estudio los loops trabajados en casa y que se usaron como parte del caos sonoro en esta canción que cierra el disco Revolver, de 1966.

Paul insistía en usar más músicos, en llevar a gente que tocara instrumentos que ellos no pudieran tocar. Paul fue el corazón, las piernas y la cabeza por mucho tiempo, quizás demasiado y por eso el mito ha sido demasiado duro con él: tanto Lennon como Harrison no quedaron en buenos términos con él; con los años, esas relaciones se arreglarían.

La canción de Los Beatles que pocos saben cómo va Read More

Cuatro Jinetes saltando sobre el fuego

Cuatro jinetes saltando sobre fuego

¿Por qué los primeros integrantes de MetallicA son menos famosos que Jesucristo?

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Por: Luis Fernando Fonseca

@lffonsecal

Una furgoneta negra recorre el asfalto interminable de Nueva York. El chofer tiene el cabello largo, rubio, y los ojos llorosos. Su nombre es James Hetfield y conduce hacia la Terminal de Buses de la Autoridad Portuaria. Es una mañana de abril en 1983 y junto al guitarrista, que derrama lágrimas sobre el volante, están sentados el baterista Lars Ulrich y el bajista Cliff Burton. Detrás de sus asientos –en la cajuela de la camioneta U-haul en la que han viajado desde San Francisco hasta la gran manzana– está acostado, triste y con resaca, un joven Dave Mustaine al que llevan a la estación luego de haberlo expulsado de Metallica.

Es un día triste para los cuatro músicos que llegaron a la ciudad más grande del mundo con la idea grabar el primer Long Play de sus carreras. Mustaine, el pelirrojo que aún está bajo el techo oxidado del carro de James, tendrá cuatro días de viaje en un autobús para pensar en lo que motivó a sus amigos a separarlo de la banda que formó el danés Ulrich, quien parece ser el menos afectado por la decisión recién tomada.

Mustaine era un peligro cuando estaba ebrio y ya les había causado problemas —Unos días atrás, en un restaurante de la carretera, Dave armó una pelea: los cubiertos volaron sobre las mesas que tiraba al piso a punta de patadas, los meseros persiguieron a la banda que huyó del lugar dejando atrás las sirenas de la policía californiana. Read More

Un Tributo a Erzsébet Báthory, la Condesa Sangrienta

«Nosotros tenemos una herencia de sangre y Black Metal.

Una herencia de los dioses que venimos a compartir con ustedes»

Gusthav

Guitarrista y vocalista de Mysteriis

Por: Viviana Herrera, @ViviHerreraA

Fotos: Viviana Herrera, Fabián Ruiz.

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El culto en lugares ocultos

Guayllabamba es un pueblo al noroccidente de la capital conocido por el zoológico y su comida típica. Un valle seco que luce tranquilo pese a que en unas de las bancas del parque central, cuatro amigos se han reunido para festejar el fin de semana con unas copas demás. Quizás el árbol de Navidad débilmente adornado que se ubica en el centro del parque –encima de la pileta– les recordó que su suerte es como la decoración —sin luz, atracciones ni regalos, con lazos de papel brillante elaborados al apuro… entonces vale la pena brindar por una felicidad inexistente.

Un camino angosto con adoquines de colores y pinos pequeños conduce a una calle desolada donde un grupo pequeño de melenudos nos anuncia que ahí está el bar Dark Silence. Desde afuera, se ve la puerta de ingreso principal cerrada, por lo que para ver el concierto se debe pasar por un costado de la infraestructura de cemento, la misma que tiene una cerca de palos que la separa de un terreno. Esto nos remonta a los primeros conciertos de Rock que se realizaban en la capital, en lugares alejados y poco agraciados, casi clandestinos.

Adentro del bar –un cuarto oscuro por las paredes pintadas de negro y una luz mortecina– se pueden apreciar logos y letras blancas de bandas representativas del género negro. La estética del sitio tiene un sentido profundo —este tipo de lugares demuestran el lado oscuro de la vida, del pensamiento y una aberración ante la religión. Como bien dijo Burzum: «el mundo necesita oscuridad porque el exceso de luz no nos ilumina ni nos abriga sino que nos ciega y nos abraza» Read More

En busca de Janis (un fragmento de Sam no es mi tío)

Cuando la escritora chilena Andrea Jeftanovic llegó a Estados Unidos, el conductor del shuttle le dijo en cuanto la vio: “You are Janis Joplin. Ya se lo habían dicho en otras ocasiones, pero no imaginó que se lo señalaran en la propia tierra de la cantante. Luego de pasar horas varada en la aduana, «Janis Joplin chilena se proponía localizar sus años beat. La consigna era merodear la Ruta 66 bordeando el Pacífico y buscar compases psicodélicos a golpes de bebop; satisfacer mis anhelos de haber nacido en los sesentas y de vestir camisetas con el signo peace & love; celebrar “la píldora” y luego bascular la cabeza en conciertos de rock.»

Pero la nostálgica latina comprobó que California era una zona distinta, donde ya no encontraba en los bares el trago favorito de su heroína, el Southern Comfort, un tipo de bourbon con limón para ahogar los demonios. Los bármanes la miraban con extrañeza, alguno recordaba ese brebaje old-fashioned y ella seguía comprobando que California, al desnudo, ya no era la misma…

Por: Andrea Jeftanovic

«Cuando las personas mueren jóvenes se transforman en leyenda. Dicen que pese a no ser tan bonita tenía gran magnetismo sexual entre hombres y mujeres; Jim Morrison, Leonard Cohen, Eric Clapton se cuentan entre sus amantes. Dicen que tras un show se fue sola a un bar de pipas y le dijo a uno de los asistentes: “Vete a la calle, y al primer tipo atractivo que veas me lo traes, que me lo voy a follar”. Apareció al rato un jovencito barbudo que llevaba colgando una guitarra a la espalda. Janis le dijo: “Hoy es tu día de suerte, ¿cómo te llamas?”, y el joven respondió: “Eric Clapton”. Años después, Janis Joplin pasaría una noche íntima con el cantautor canadiense Leonard Cohen, quien le dedicó una canción, Chelsea Hotel. Dicen que su última canción en vida fue un saludo de cumpleaños en el teléfono de John Lennon. También se dice que la actuación de Janis Joplin en Woodstock fue una de las peores que realizó en su corta vida, que terminó desmayada sobre el escenario. Siempre me he preguntado a quién le dedicó el tema “Piece of My Heart”. ¿A Morrison, a Clapton, a Cohen o a otro?»

JANIS JOPLIN 1969

Oh, come on, come on, come on, come on!

Didn’t I make you feel like you were the only man? — yeah!

An’ didn’t I give you nearly everything that a woman possibly can?

Honey, you know I did!

And and each time I tell myself that I, well I think I’ve had enough,

But I’m gonna show you, baby, that a woman can be tough.

(…) Read More

Black Metal en el Tambo

El paganismo, razón de Lucifer

El Black Metal es visto como el género más pesado del Rock por la fuerza de su estética. Las portadas de sus discos contienen imágenes blasfemas y sangrientas; las voces son guturales como las del ser que requiere un exorcismo; y las letras de las canciones hablan de suicidios y asesinatos, pero la oscuridad puede esconder muchas cosas para quienes no siguen este estilo y sólo navegan en su superficie.

Hoy nos sumergiremos en el Paganismo, tendencia ancestral que intenta estar en equilibrio con la naturaleza y, desde las profundidades, llena de sentido a esta cultura.

Por: Viviana Herrera

@ViviHerreraA

La palabra «pagano» (del latín pagānus) hace referencia a aldeano, que en latín eclesiástico adquirió el significado de «gentil» por la resistencia del medio rural a la cristianización. Es todo infiel no bautizado, habitante del campo que adoraba a sus dioses y rechazaba la existencia de un solo dios en el siglo IV del Imperio Romano.

Para abordar esta música e ideología en lo andino, viajé ocho horas el pasado 21 de septiembre desde Quito hasta El Tambo, un pueblo cercano a la provincia de Cañar. Allí encontré a tres bandas colombianas: Lord Death Hipocrisy, Nocturnal Art y Sepulcro Ancestral que tocaban, por primera vez, en Ecuador.

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Nocturnal Art

Paisaje y espera

El viaje inició a las 07h00 en el Terminal Terrestre de Quitumbe, al sur de la capital. Debido a que –según el organizador– varios músicos bebieron demás y fue difícil despertarlos a la hora planificada, me adelanté al lugar del concierto. Mientras el bus dejaba atrás la ciudad aparecía el paisaje al borde de la carretera. Una gama de verdes naturales, miles de hectáreas de páramo, y los azules y celestes del cielo contrastaban con el hielo de los volcanes. El taita Cotopaxi,  los hermanos Ilinizas, El Jambelí y La mama Chimborazo eran algunos de los nevados que miraba junto a pocos metaleros que me acompañaron en el largo trayecto.

En una de las explanadas de las montañas desérticas que se encuentran entre Ambato y Riobamba, se alzaba un pequeño remolino que levantaba una buena cantidad de polvo. Suceso que –recuerdo– representa el baile del diablo que hipnotiza a través de la danza envolviéndote en el remolino sin que te des cuenta y, ya en lo alto, te asfixia y aniquila —El largo y colorido camino recordaba mitos urbanos transmitidos por generaciones.

Cerca de las 13h00, las nubes y la neblina hicieron de Alausí un pueblo fantasma, grumoso, como una escena de cine silente. En el centro de las tres montañas que forman un semicírculo, un manto blanco había borrado cualquier rastro de existencia humana. El bus avanzaba y yo intentaba, a través de la ventana, detectar un ser cuya figura hubiera burlado a la neblina. Pero nada se podía ver. Pasaron los minutos, el bus bordeó el pueblo y las nubes empezaron a  abrirse revelando la cristiandad del lugar. Una escultura con túnica blanca y manta roja, libro y aureola develaron al patrono de la zona, San Pedro, que es parte de la identidad local desde hace cinco siglos.

Nuestra fidelidad

Durante cuatro horas –el concierto se retrasó en espera de los extranjeros– los metaleros de El Tambo aguardaron pacientes en las tiendas, veredas y calles cercanas al local del evento. En la lejanía, entre frio y montañas, los rockeros aún pueden decir que nadie los vigila.

Luego de que montaran el sonido, las cervezas animaron a los tambeños a reunirse en un terreno frente al concierto. En medio de una pequeña charla con los nuevos hermanos del Rock, llegó envuelto en sudor un hombre de tez clara, despeinado, con una mochila grande para su estatura y una cerveza enlatada en la mano. Este personaje se había aventurado a  cruzar la frontera en bus para ver a sus panas del alma tocar por primera vez en Ecuador. Edwin Liz Motta, comerciante independiente, dejó de lado sus aguardienticos por el purete de la zona. Su llegada le devolvió a la gente la esperanza de que el evento se realizara al fin y al cabo.

A las 18h00, entramos al local aunque las bandas no llegaban. En pocos minutos una furgoneta gris trajo a los músicos que la noche anterior, en su mayoría, se pegaron una chuma bendita en Guayllabamba, un pueblo al noroccidente de Quito. Alrededor de 30 personas de Riobamba, Cañar y El Tambo estaban presentes.

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Fedra y Nargaroth en Quito (06 – VIII – 13)

Hijos del Ocultismo Invocan al Averno

Por: Viviana Herrera

@ViviHerreraA

Fotos: Walter Poncho Núñez

“¡Hail Satan!” se escuchaba entre un tumulto donde casi nadie tenía menos de 25 años. La mayoría llevaba cabellos largos, chompas de cuero, pantalones y botas militares. Soltaban gritos desgarradores como rasguños al escuchar las voces guturales, guitarras distorsionadas y una batería ensordecedora. Todo sobre una atmósfera oscura.

«Hail Satan» es una expresión usada por algunos satanistas para mostrar su admiración y fidelidad al señor de las tinieblas. Quienes creen en el backmasking –mensajes ocultos o subliminales– están convencidos de que pueden escuchar aquella frase –Hail Satan– en varias canciones escuchadas al revés.

«Hail Satan» es una expresión usada por algunos satanistas para mostrar su admiración y fidelidad al señor de las tinieblas. (Quienes creen en el backmasking –mensajes ocultos o subliminales– están convencidos de que pueden oír aquella frase –Hail Satan– en varias canciones escuchadas al revés)

Miradas furiosas, puños en alto, ganas de huir, calor, gruñidos y furia se sintieron antes de la presentación de Nargaroth, Black Metal Kriegtero, una leyenda fundada por Ash –antes Kanfult– en 1997.

El Rito

La prueba de sonido de la banda estelar duró media hora, tiempo que aprovecharon los blackeros más ebrios para invocar al mal a propósito de la presencia de los alemanes: “Ash, aaaggghhh. ¡Nargaroth, Nargaroth!” gritaron. Otros tomaron bocados largos de agua de la llave para no pagar un dólar por una botella plástica.

Como si los extranjeros (Nargaroth: cuatro alemanes; y Fedra: cuatro colombianas) hubieran entendido la súplica, las cortinas que cubren el escenario de El Aguijón (lugar del evento) empezaron a ser recogidas por dos hombres, uno a cada lado, con tapones en los oídos que delataban su incomodidad. La adrenalina empezó a adueñarse del lugar, los gritos secos empezaron a ser consecutivos mientras el telón rojo de fondo se tornaba azul.

Levantando la mano derecha con la señal de los cuernos apareció Ash, seguido de Charoon en la guitarra, Mardroem segunda guitarra y Urobor en la batería. Durante una hora, movieron las cabezas de los blackeros con temas como: Das Schwarze Gemälde, del  disco «Herbstleyd»; Far Beyond the Stars (cover de Azhubham Haani); Pisen pro Satana (de Root); The Gates of Eternity (de Moonblood); Possessed by Black Fucking Metal, disco «Geliebte des Regens»; Wenn Regen liebt (Zwiegespräch mit mir); y, Von Scherbengestalten und Regenspaziergang (Vision eines realen Todes) del disco «Black Metal Ist Krieg»

Nargaroth

Fedra

Durante el tiempo que duró la tocada los espectadores que estaban próximos a la tarima no dejaron de rozar puños, brazos y melenas mientras los más recelosos veían a los legendarios alemanes a lo lejos, cerca de la entrada. Otras canciones como Be Dead or Satanic, Satan Industries, Hunting Season del disco «Semper Fidelis»; I Still Know, Artefucked, Vereinsa, Der Satan ist’s. Hate Song, del «Prosatanica Shooting Angels»; y, A Whisper Underneath the Bark of Old Trees del disco «Spectral Visions of Mental Warfare» motivaron a los rockeros a empujarse llegando a comprobar que los músicos sobrepasaban los dos metros de altura.

En medio de improvisaciones, sonidos medievales e himnos alemanes, Ash, con su cara pintada de negro alrededor de los ojos y blanco el resto del rostro, miraba a los asistentes como tratando de encontrar caras conocidas de su primera visita al Ecuador de hace cuatro años. Al finalizar, agradeció a los hijos del averno por la asistencia y por ser este el segundo país de la gira Sur América 2013 y aunque no todos entendieron, aplaudieron. Acto que lo motivó a chocar las manos de los que se encontraban en primera fila, lo que a los rockeros a mis espaladas les pareció “del hijueputas” Nargaroth es una de las bandas más influyentes a nivel mundial en la ola del Black Metal Kriegtero.

Ash, fundador y miembro único en estudio de Nargaroth

Ash, fundador y miembro único en estudio de Nargaroth

Una hora y media antes de que los alemanes pisaran el escenario, Fedra, una banda de Black Metal formada por cuatro mujeres colombianas –que después de su presentación tuvo que permanecer siete días extras en tierras ecuatorianas debido al paro agrario en su país– conversó con No Hay Quien Nos Pare.

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‘Thrash Metal’ en Cañar

Un Viaje Extremo

Los quiteños Extreme Attack han recorrido casi cuatrocientos kilómetros a través de tres peajes de la Panamericana Sur sin detenerse en los innumerables moteles de la ruta Quito – Azogues; pararon en un par de gasolineras al borde de la carretera en busca del licor tradicional; vieron una saga policial en la furgoneta escolar que los transportó; se durmieron mientras la luna reflejaba la luz del solsticio de verano sobre las nieves del Cotopaxi y el Chimborazo; y pasaron cerca de un accidente de tránsito antes de llegar a Cañar. En unas horas sacudirán sus melenas y las de sus seguidores con Thrash Metal.

Por: Luis Fernando Fonseca

@lffonsecal

Antes del ataque

21 de junio El día más largo del año ha llegado a su fin y Marco Calle, un cañarejo rollizo que conduce la Van pintada con los colores del Barcelona S.C. guarda en la gaveta del copiloto el recibo que le han dado en el peaje en Panzaleo. Viajamos con Luis Guaraca, organizador del Raymi Metal II, los tres músicos de Extreme Attack, y tres de los que componen la banda de Power Melódico Romasanta: el guitarrista Douglas Mora y el bajista Santiago Cárdenas llevaron a sus novias; junto al otro guitarra, Iván Pantoja, y la mánager Carmen Cando completamos la docena de personas que llena el carro. El vocalista Washington Guerrero tuvo que irse en bus.

Vamos a cien kilómetros por hora y adentro del auto se escuchan rechinidos de llantas sobre el asfalto, motores acelerando, choques, gritos, disparos y la voz de Toretto (Vin Diesel) el protagonista de The Fast and The Furious a quien casi ningún viajero pierde de vista. Es como ver una película en un cine clásico: los cojines mullidos por el uso están cerca –muy cerca– unos de otros y los espectadores espontáneos flotan sobre un suelo pegajoso. Quizá por esa calma ficticia a nadie le importó que al salir de Panzaleo hayamos esquivado a una muchedumbre que se apiló alrededor de una moto tirada en el concreto tras un auto blanco.

Afuera no hay sangre. Un casco negro rueda en el asfalto y un policía anota en su libreta los pormenores del accidente: el primer involucrado –conductor de un Suzuki Forsa– espera paciente en su asiento, sólo, sin cinturón de seguridad; y el segundo –dueño de la moto– ebrio y con un jean roído por la caída, es detenido por un acompañante que al parecer llegó a socorrerlo e impedir que salde a puñete limpio el frenazo repentino del conductor del carro.

El choque desaparece en el espejo retrovisor y me doy cuenta de que tampoco ha llamado la atención de Marco Calle, el chofer de la Van que cabecea fatigado. Es comprensible, adelante no se ve la pantalla que proyecta Rápidos y Furiosos, y los parlantes emiten la monotonía de clichés de película hollywoodense. Marco tiene cara de ser un conductor experimentado así que me reclino en mi asiento e intento dormir. Pienso en los accidentes que ocurren en este país de caminos reasfaltados, los revivo en el recuerdo de noticieros que escupen las cifras de muertos sobre ruedas después de cada feriado como si de simples anécdotas se tratara y me hundo en una leve pesadilla donde todos morimos al irnos en picada al fondo de la laguna de Yambo.

"Pachi" «thrashing like a maniac...»

“Pachi” «thrashing like a maniac…»

De repente me despierto por el sacudón de una curva y veo que las parejas se abrazan bajo una cobija, los de más allá se han acurrucado sobre sus equipajes de mano y los de enfrente –organizador del concierto y mánager– apenas logran mantenerse despiertos. Marco tiene los ojos cerrados. Su paisano Luis Guaraca ha tomado el volante al ver su cansancio. Es lento pero se sale de su carril más de lo indicado para ver a los carros en sentido contrario. Cuando unos faros potentes le avisan que no es el momento de rebasar, cambia de dirección violentamente como si quisiera enterrarnos vivos en una cuneta bajo los cables, platillos y guitarras que transportamos. Entonces me distraigo: por trillada que sea, una película de carretera es el mejor acompañamiento en este tipo de viajes nocturnos; me engaño.

El temor a un estrellamiento fue injustificado o imaginé todo para soportar el tedio de tan largo trayecto. Al fin y al cabo fueron ocho horas hacia un concierto donde las regalías para los músicos serán pequeñas y, luego de sobrevivir a rutas y tablas, pocos se enterarán de tal hazaña aunque un accidente pudo ser tan terrible como lo que sufrió Andy Galeon de Death Angel o tan fatal como lo que le ocurrió a Cliff Burton de MetallicA.

Metal on the Rock Ingapirca (Cañar)

Metal on the Rock
Ingapirca (Cañar)

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Sagros en Ecuador

«Ser metalero es estar pendientes de la banda, asistir y apoyar…

el Metal se alimenta del Metal»

Fredy Prado, bajista colombiano

La altura de Quito venció a los Tormentosos

Por: Viviana Herrera

@ViviHerreraA

—Gracias, Quito, pero la altura nos gana, ya no damos más— dijo Sergio Gaviria, vocalista y guitarrista de Sagros (banda de Thrash Metal originaria de Cali) excusando el notorio cansancio de los músicos en la capital del Ecuador, fue su primera gira internacional luego de 16 años de hacer música en Colombia sobre unos 200 escenarios.

Horas antes, mientras caía la noche del jueves 13 de junio, los cuatro caleños se pegaban cerveza muy tranquilos en la acera de la avenida Mariscal Sucre, afuera del Daca Bar ubicado en el sector de El Pintado, al sur de la ciudad.

Sus cabellos largos, ondulados y recogidos casi a dos metros del piso, la vestimenta negra, parches, botas y un rostro con sonrisas contagiosas y acentos poco entendibles para un ecuatoriano alejado de la frontera, se habían convertido en el centro de atención de los pasajeros que recorrían el corredor sur occidental. A través de las ventanas los curiosos “espantados” veían atentos a los indiferentes “melenudos” mientras el metro bus seguía su camino.

La espuma con hielo brotaba de botellas y vasos hasta chorrear con prisa en la ventana del ingreso al bar donde sería el concierto. Dos policías: un nacional y un metropolitano ubicados en cada sentido de la vía, dirigían el tránsito sin percatarse de que los turistas estaban infringiendo la ley. Según la ordenanza municipal 236, la multa para quienes sean sorprendidos consumiendo licor en la vía pública de zonas no turísticas como el Pintado es de $159. Ley que no espanta a los rockeros en ningún rincón del mundo pero al considerar que estaba de paso, Fredy, bajista de la banda, tomó las cervezas entre sus brazos –como protegiéndolas– e invitó a todos a ingresar al bar.

En las baldosa frías del interior Luis Cuartas (segunda guitarra), el menor del cuarteto, se acostó sin importarle si el piso estaba limpio; Carlos Campo (baterista) se despojó de la chompa y echó sus manos hacia atrás para apoyarse; mientras que Fredy se arrimó en la pared; Sergio tomó una silla alta –su apariencia de juez de película gringa con la barba abultada en las mandíbulas y lentes redondos se opacó por el tabaco en sus manos y el parche de Sagros en el lado derecho de su chompa–, segundos después y al ver la informalidad del resto nos acompañó en el suelo.

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El recorrido

Fredy y Sergio difícilmente olvidarán el día anterior al concierto que nos ocupa: miércoles 12 de junio de 2013, ya que a tempranas horas dejaron a sus familias en su natal Cali para realizar un viaje que los tendría 30 horas rodando sobre el asfalto.

Los dos músicos iniciaron la travesía en bus debido a deudas pero el recorrido resultó toda una aventura. «El paso por la frontera y el letrero que dice: “Bienvenidos a Ecuador” se presta para la foto», dijo Sergio.

«Es una experiencia completa poder apreciar la naturaleza en todo su esplendor, ver los volcanes nos ha gustado mucho» acotó Fredy: «hemos visitado bares como el ‘Del Boris’ y hay muy buena música, de hecho aquí escuchan muy buen Metal… Cuando sales de tu país todo es distinto, nos encontramos con una gastronomía diferente». Estas vivencias no están alejadas de la realidad de famosos grupos que iniciaron su vida musical en el departamento o bar de algún pana.

Bandas representativas del Thrash como Exodus, Slayer, MetallicAMegadetH se iniciaron en conciertos de garaje en Los Ángeles y San Francisco.  Estas agrupaciones poco a poco fueron ganando popularidad en un reducido pero fuerte grupo de jóvenes que buscaban una cultura propia y que –como hoy– necesitaban protestar.

«Era el toque de dios porque decíamos algo que sólo unos pocos entendían, para los demás era un show pero para nosotros era básicamente estar frente a un altar», recuerda Corey Tailor de Slipknot, en una entrevista que dio para el documental  sobre el Thrash de la Bay Area llamado Get Thrashed. La Historia del Thrash Metal.

Sergio demuestra que la fidelidad al Rock y al Thrash no morirá jamás: «regresaré al hogar con deudas, pero con la satisfacción de haber cumplido lo que pocos se arriesgan hacer: cruzar la frontera con los pesos –convertidos en dólares– justos. Porque para ser famoso en el Rock hay que arriesgarse pero nadie asegura que todos los que se lanzan ganen»

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Perder para triunfar

Perder para Triunfar

¿Cómo alcanzan la gloria los freaks?

Por: Luis Fernando Fonseca

@lffonsecal

Round 1: El deceso de un Macho

<<El boxeo va más de sentir dolor,

cuando no devastadora parálisis psicológica,

que de ganar>>

Joyce Carol Oates 

Fue tres veces campeón mundial en los 80, pero en 2012 Héctor “Macho” Camacho no pudo noquear al narcotráfico. Falleció el 24 de noviembre tras recibir un balazo en la mandíbula por un supuesto ajuste de cuentas. El ex boxeador puertorriqueño tuvo problemas con el alcohol y las drogas durante su carrera. No es una historia suelta, arbitraria ni común. Es la ley de los campeones en una lucha de la que –saben– no obtendrán más que penas.

El púgil se entrena consciente de que ponerse los guantes es un trabajo infame que seguramente le negará la paz de su juventud y el descanso en la vejez. El Rock & Roll consume a quienes lo defienden porque no les da una recompensa
tradicional. Pero los dos merecen la pena. No admiten quejas. Son una rabieta de quienes desde la infancia se vieron atraídos por los acordes que inventaron grandes genios de las cuerdas de acero sobre las tablas, o, inmensos artistas del dolor sobre la lona.

El box solo trae penas a quienes lo practican. Por ese digno desencanto su música de fondo siempre será el Rock.

Round 2: Rock & Box

<<Yo y mis pares estamos acá para dar lo que hay que dar,

por sentimiento, locura y pasión se nos ve de negro vestidos;

soy metalero por propia elección ¡no me rompa las bolas oficial!

a fondo blanco estoy festejando lo mejor del Heavy Nacional>>

Ricardo Iorio

La desgracia en una banda de Metal no es simple anécdota. Se trata, como en el deporte por antonomasia –donde el emblema es la persona, no el equipo o la camiseta– de ‘dejarse la piel’ como lo hizo en el cuadrilátero Oscar Natalio Bonavena al enfrentar al gigante Muhammad Ali:

I kill you!… Chicken, chicken, Vietnam—se burlaba Bonavena. Ali –nacido Cassius Clay y llamado así hasta antes de adoptar el Islam como religión para no ir a la guerra contra el Viet Cong– solo escuchaba las provocaciones del boxeador gaucho cuya admiración por el baterista de The Beatles le valió el pseudónimo de ‘Ringo’

15 rounds después, una Argentina paralizada acompañó a Bonavena en su estoica hazaña: lograr que uno de los más grandes atletas de la historia admitiera su temple. <<Una muestra de coraje pocas veces vista>> jadeaba magnánimo el norteamericano luego de la batalla.

‘Ringo’ se puso los guantes desde los carnavales de su infancia porque el de boxeador era el disfraz más barato. La pobreza en que creció el argentino recuerda la atmósfera oscura, inaprensiva que envuelve el retrato de José María Gatica en “el Gato” película del recién fallecido Leonardo Fabio.

En la década de los 60 ya era profesional a pesar de perder su primer combate, en esos años fue descalificado por la Federación Argentina de Boxeo al morderle el pecho a Lee Carr sobre el cuadrilátero (hasta Mike Tyson le debe esa maña a este Maradona del boxeo)

Dio la vuelta en el estadio del Club Atlético Huracán, el equipo de sus amores, al son de lo que sería un himno en su honor: “Somos del barrio / del barrio de La Quema / Somos los hinchas / de Ringo Bonavena…” Solo perdió en 9 ocasiones, y, en 44 de sus 58 peleas ganó por K.O.

El dinero lo asemejaba a un Rock Star desenfadado que se rodeó de lujos luego de conocer la fama; dio un salto al cine y –quizás para parecerse a Gardel– hasta grabó una canción. En reprimenda a sus declaraciones, fue boicoteado por los empresarios que ocultaban la corrupción ya latente en este deporte.

Su periplo por Estados Unidos lo llevaría al abismo cuando, en el ‘76, vendieran su contrato al italiano Joe Conforte. La mafia siciliana decidiría el destino de Bonavena. Peleó contra a Billy Joiner ¡en un burdel administrado por La Cosa Nostra!

Sally Conforte, esposa del mafioso y la última persona con quien Bonavena firmó un contrato, no pudo lograr una batalla más. Solo provocó los celos de Joe. Luego de varias amenazas contra el boxeador, lo citaron para dejarlo en libertad luego de su fracaso. Pero el sábado 22 de mayo de 1976, lo acribilló Williard Ross Brymer, guardaespaldas de los Conforte.

En Argentina, una estatua de tres metros de altura lo recuerda; la tribuna de Huracán y una calle de Buenos Aires llevan su nombre; y, Almafuerte (la banda de Rock Pesado que acaba de publicar “Trillando la fina”) ilustró la garra de todos los metaleros nombrándolo en una canción: ‘Aguante Bonavena’

Ringo Vs Ali

Ringo Vs Ali

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Beleth o la Maldad del Humo

Por: Alexis Cuzme

@marfuzzine

Perra Flaca se había difuminado sobre el colchón que nos acogía en su casa abandonada: el castillo Greiscol, el peor de los antros en medio de la ciudad sangrienta, la casa muecafeando el vecindario, la casa tugurio expulsando humo como locomotora, la casa museo donde los peores metaleros de Manta se reunían para recobrar el valor ante sus pesadillas.

Cargué y prendí un nuevo tabaco, me alejé de lo que quedaba de mi anfitrión. Avancé hasta la sala, siempre recordando los lugares frágiles de la casa, los tablones a punto de quebrarse. En aquel revoltijo de cruces invertidas, del imponente Baphomet ensombrecido por manchones rojos, recordé lo que había pasado horas antes. El acontecimiento del que me sentía orgulloso de testimoniar: Beleth, la segunda banda de Black Metal de este puerto, la banda de los panas, tenía su primer vídeo casero, por fin sus temas atrapados para la historia del Metal local. Todo en una desenfrenada actuación donde el mal estaba acumulado, donde el humo –expulsado desde los pulmones acolitadores de la noche– se volvió el aura maligna.

Afuera la ciudad rugía, los últimos viejos ebrios del mercado central dando tumbos en retirada. Y el drama pronto empezaría: la cajetilla de Líder únicamente con dos tabacos y media funda de yerba esperando aún ser quemada.

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El Barón voló sobre Ecuador (01-VI-12)

A Cristina, la chica que voló sobre la pequeña ala del Barón aquella noche.

LA NOCHE DE LAS EXPLOSIONES

Aunque los hermanos De Castro junto a Rafa Díaz y Gorka Alegre llegaron a Quito el jueves, 31 de mayo, el Barón Rojo nunca aterrizó en Ecuador, lo sobrevoló con maestría, en un triplano impulsado por la historia del Rock Duro. Había transcurrido más de una década de su última visita a este país sudamericano y el feroz bombardeo se anunció. Era inevitable.

Por: LuisFernando Fonseca

Fotos: Danilo Vallejo / Damián Trujillo

En tierra, los punteos de Carlos y Armando se cruzaban ante una audiencia sorprendida, daban forma a “Barón Rojo” la poesía en honor al piloto alemán que hizo de las suyas en la Primera Guerra Mundial. Manfred Von Richthofen dejaba su estela sobre un telón blanco sostenido por vigas de acero, el techo de la Ágora en la Casa de la Cultura.

Código Rojo precedió la salida del Barón. La mitad de las tres mil personas que lo verían en pleno vuelo estaba sentada sobre la madera del graderío, incrédula, con el eco de la canción “No me hables de amor” aún en el ambiente (con este tema los capitalinos le rindieron tributo a la banda colombiana Kraken luego de tocar cuatro temas propios)

El concierto inició cuando Basca, banda cuencana, abrió el telón presentando la imagen demoníaca de su disco ‘Resucita’. Un engendro nacido del polvo del infierno, los brazos abiertos y un corazón fuera del pecho que se encendía cuando sus ojos dejaban de titilar… La ilusión se habría consumado si las manos que provocaban el movimiento de sus extremidades no se hubieran dejado ver mientras tiraban de sus cuerdas de títere invertido, pero la banda se reivindicó de su fugaz actuación junto a Ángeles del Infierno, el 24 de marzo.

Carlos y Armando de Castro

Sin tiempo para asimilar las notas ecuatorianas, Carlos de Castro elevó su voz en la primera parte del concierto. Luego de la canción que lleva el nombre de la leyenda, su hermano gritó: “buenas noches Quito, cuántos años, ¡no puede volver a pasar!” y nos lanzaban un tema de su ‘Ultimasmentes’.

“Al final, perderán” borraba de nuestros oídos cualquier resquicio de los abridores, y hasta el “Have a cigar” de Pink Floyd que Basca usa para introducirnos a su balada, “Corazón de infierno”, se esfumó entre las palmas de los asistentes que acompañaban a las guitarras de “Las Flores de mal”.

De la mano de Armando de Castro –los cinco dedos sobre las cuerdas, y un puño como el de la portada del ‘Volumen Brutal’ en alto– la canción se fundía con “Incomunicación” Carlos repetía su grito al inicio de los dos cortes antes de que arrecie su potencia sobre nuestras cabezas la fortísima “Invulnerable”

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