Cuatro Jinetes saltando sobre el fuego


Cuatro jinetes saltando sobre fuego

¿Por qué los primeros integrantes de MetallicA son menos famosos que Jesucristo?

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Por: Luis Fernando Fonseca

@lffonsecal

Una furgoneta negra recorre el asfalto interminable de Nueva York. El chofer tiene el cabello largo, rubio, y los ojos llorosos. Su nombre es James Hetfield y conduce hacia la Terminal de Buses de la Autoridad Portuaria. Es una mañana de abril en 1983 y junto al guitarrista, que derrama lágrimas sobre el volante, están sentados el baterista Lars Ulrich y el bajista Cliff Burton. Detrás de sus asientos –en la cajuela de la camioneta U-haul en la que han viajado desde San Francisco hasta la gran manzana– está acostado, triste y con resaca, un joven Dave Mustaine al que llevan a la estación luego de haberlo expulsado de Metallica.

Es un día triste para los cuatro músicos que llegaron a la ciudad más grande del mundo con la idea grabar el primer Long Play de sus carreras. Mustaine, el pelirrojo que aún está bajo el techo oxidado del carro de James, tendrá cuatro días de viaje en un autobús para pensar en lo que motivó a sus amigos a separarlo de la banda que formó el danés Ulrich, quien parece ser el menos afectado por la decisión recién tomada.

Mustaine era un peligro cuando estaba ebrio y ya les había causado problemas —Unos días atrás, en un restaurante de la carretera, Dave armó una pelea: los cubiertos volaron sobre las mesas que tiraba al piso a punta de patadas, los meseros persiguieron a la banda que huyó del lugar dejando atrás las sirenas de la policía californiana.

Antes de que Metallica escogiera San Francisco como su centro de operaciones, el apocalipsis callejero de Los Ángeles también les había pasado factura. —En el otoño del ‘81, los rubios mentores de la agrupación habían contratado a un desconocido que había tocado la guitarra en el grupo Panic: Dave Mustaine tenía una afición desmedida por los excesos y había probado todas las drogas que Hollywood le podía ofrecer. Solía llevar ese tipo de sustancias a los conciertos y antes de volverse un protagonista improvisado, justo cuando lo reclutaron, se convirtió en el proveedor –dealer– de Metallica.

En bares y estudios montados en garajes, con los pantalones ceñidos dentro de sus tenis blancos, lejos de los cabellos cardados y la silicona del Glam Rock ochentero, Mustaine llevaba un perro para que cuidara sus drogas mientras él agitaba a quienes iban a escuchar canciones como Jump In The Fire. Una de esas noches, el bóxer negro empezó a ladrar sobre los asientos del auto de Ron McGovney, primer bajista de la banda. Al verlo, Hetfield le gritó a Mustaine mientras el baboso animal ponía sus patas encima del tablero y el parabrisas del carro. Cuando el forro de los asientos fue pisoteado y rasgado, cuando la pintura de las puertas fue opacada por garras caninas, James sacó al animal del auto de una patada. Entonces, la travesura de la mascota que cuidaba las drogas de Mustaine se convirtió en pleito: los dos guitarristas discutieron frente al asustado dueño del carro –un tipo con cara de niño que ahora viste camisetas hawaianas y les cuenta a sus alumnos, en Carolina del Norte, que un día tocó las cuatro cuerdas en Metallica–.

Como Ron McGovney era menor y más débil, James Hetfield quiso defenderlo y se puso entre él y un enfurecido Dave Mustaine que terminó dándole un golpe en la cara. El pelirrojo noqueó a la voz de Metallica y luego lanzó a McGovney por los aires. Fue la primera vez que amenazaron a Mustaine con despedirlo, pero a la mañana siguiente, luego de ponerse hielo sobre las heridas y pensarlo dos veces, lo recibieron como si nada hubiera pasado.

Ron, James y Dave

Ron, James y Dave

El puño de Mustaine en la cara de un pecoso Hetfield no solo le reventó unas cuantas espinillas, sino que –junto a la patada en el culo de su mascota– pasó a la historia de las estrellas del Rock como una anécdota igual de célebre que el puño de Vargas Llosa en el ojo izquierdo de García Márquez.

Pero la conducta de Mustaine iba extinguiendo la paciencia del grupo. —El novato McGovney volvió a ser blanco de sus locuras unos días después de la pelea que se armó a causa del entrometido bóxer: Pese a que los cuatro integrantes eran fanáticos del vodka tanto como del Heavy Metal británico, una noche se pusieron a tomar cerveza en el estudio angelino donde ensayaban. En medio de la borrachera, el pelirrojo derramó una botella entera sobre el bajo de McGovney en su ausencia. Cuando este último regresó, conectó el instrumento a su amplificador con los cables mojados y voló nuevamente por los aires al recibir una descarga eléctrica que casi lo electrocuta. Luego de sobreponerse del susto y los chasquidos de cables quemados cerca de su cuerpo, echó a todos del estudio –que también era su casa– y les gritó que ya no podía soportar el estilo de vida que llevaban —una carrera en la que Mustaine aceleraba y aceleraba a causa de las drogas consumidas.

El puño de Mustaine en la cara de un pecoso Hetfield no solo le reventó unas cuantas espinillas, sino que pasó a la historia del Rock como una anécdota igual de célebre que el puño de Vargas Llosa en el ojo de García Márquez.

Cliff (remplazo de Ron), James y Dave

Cliff (remplazo de Ron), James y Dave

Ron McGovney terminó renunciando a la banda en diciembre de 1981 y sus amigos mudaron el garaje musical a San Francisco, donde contrataron a Cliff Burton, un maestro del bajo que había estudiado música –a diferencia de sus nuevos compañeros– y que empezó a enseñarles lo que luego serían las notas que dieron vida a un estilo llamado Thrash Metal.

Así llegamos al fatídico día de abril en 1983: Hetfield escucha cintas en la casetera de la camioneta negra mientras el problemático Mustaine, sobre un colchón mugroso –apostado en la cajuela de la U-haul que cruzó el Golden Gate rumbo a Manhattan– intenta distraerse de la mala noticia que le han dado al echarlo, para siempre, de Metallica.

The Four Horsemen

The Four Horsemen

Hay quienes creen que si los cuatro jinetes del apocalipsis no fragmentaban la cuadrilla expulsando al pelirrojo Mustaine, Metallica habría llegado a ser más grande que los cuatro fabulosos de Liverpool (The Beatles) y, por ende, más famosos que Jesucristo, pero eso nunca lo sabremos//.

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